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domingo, 19 de marzo de 2017

VINOS ACIDOS Y LIBROS NEGROS

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 16:46


Ayer en la mañana leía en un texto de Debora Shuger que entender la relación entre una obra literaria y su contexto histórico es como comprender la relación entre una torta y los ingredientes que se ocuparon para prepararla. Si no somos expertos en repostería (como yo) y no tenemos la receta a mano, es complejo que podamos adivinar con exactitud sus componentes y el procedimiento empleado para hacerla. Podemos dárnolas de expertos, y mirar, oler y probar, pero qué va: con suerte, si la torta es negra, vamos a poder achuntarle al chocolate, y es probable que todo el resto sea ficción, y que la solución de la adivinanza sea, como siempre, un espejo de las limitadas categorías con que contamos para esbozar una respuesta. Ahora bien, todos sabemos que hay degustadores y lectores obsesivos que efectivamente tienen el paladar y la paciencia para ir, como sabuesos, tras los ingredientes de la torta. El sabueso investiga y trata de minimizar el error, felicitándose con la idea de que sabe perfectamente cuál es la torta que se está comiendo, de que nunca van a engañarlo respecto de la verdadera calidad y origen de sus componentes. La torta está más rica cuando se sabe de dónde vienen sus ingredientes y se entiende todos los complejos pasos que se siguieron para hacerla. Con esto no hablo solo de las relaciones entre literatura e historia, pero también, obviamente, de vinos.

Por ejemplo, imaginémonos a un coleccionista de tortas, que está pagando millones para acceder a los ejemplares más sofisticados, caros y maravillosos del mundo repostero. Nadie quisiera ser lo suficientemente imbécil como para pagar cuantiosas sumas por un ejemplar preparado con sucedáneos, colorantes o mix vegetales. Por lo mismo, el falsificador de tortas que quiera engañar a los mejores paladares tendría que ser un chef sublime: ser un alquimista o un artista. La historia vinícola de ese engaño es la que cuenta “Sour grapes”, un documental estrenado en 2016 que recomiendo si es que aún no lo han visto y del que no voy a escribir aquí, para evitar los spoilers.

En fin, estaban los ingredientes de la torta, y "Sour Grapes"—pero es siempre un tercer elemento el que lo triangula todo, llevándola a una a escribir. La última pieza del puzzle se me apareció hace unas horas. Estuve volviendo a ver "Black Books", una serie cómica inglesa que hace algo más de un mes una buena amiga, Tamara, me recomendó a propósito de mi gusto por los libros y el vino. La serie en cuestión  está ambientada en una librería de segunda mano ficticia, llamada precisamente Black Books (Libros negros), que habría estado ubicada en Londres al lado de Russel square, cerquita de donde voy a estudiar a diario. El protagonista es Bernard Black, el dueño de la librería, un tipo huraño y desaliñado que parece querer todo menos que entren clientes a su local y que se la pasa leyendo y tomando indiscriminadamente grandes volúmenes de vino tinto. Cuando Tamara me recomendó la serie, me pidió, específicamente, que viera el tercer episodio de la primera temporada, que trata específicamente sobre el vino y el engaño. En él, Bernard y su ayudante Manny se equivocan y se toman el vino más caro de la cava de un amigo al que le cuidaban la casa. Los dos no habían logrado convenir, previamente, en qué era más rico, si un vino caro o un vino antiguo, pero claro, sin casi detenerse en ello se bajan en unos minutos una de las botellas más especiales de la colección, que sin duda cumplía con creces ambas características. Cuando se dan cuenta del error, deciden con definitiva sangre fría que la mejor solución es, sin lugar a dudas, falsificar el vino y volver a poner la botella en su lugar. Bernard encara la tarea como un buen Frankestein, dando nueva vida al líquido muerto con ayuda varias probetas y los relámpagos de una oportuna tormenta eléctrica. Incluye en la botella abierta no solo una buena cantidad de un vino barato, sino que—siguiendo la receta de la etiqueta—también algunos ingredientes caseros para mejorarlo: unas gotas de vainilla, especias y finalmente una ramita del un árbol del jardín para simular las cualidades de la barrica francesa. Luego, él y Manny vuelven a depositar la botella en la cava, no sin antes volver a cubrirla del polvo originario que la cuidó por décadas, satisfechos y tranquilos frente a la obra de arte concluida. 




“Sour grapes” es un título muy apropiado para un documental sobre fraude y vinos, precisamente por la cualidad binaria de lo “ácido”: una buena acidez es un rasgo que define a un buen vino y a su potencial de guarda, pero al mismo tiempo, el descubrimiento del engaño hace que la “acidez” del vino falsificado se vuelva agria, avinagrada. El engaño tiene que ver, buena parte de las veces, con el hecho de que efectivamente disfrutamos el producto falsificado, de que el vino falso está bueno, y de que esa rica acidez, al hacernos tontos, se vuelve agria, nos hace incapaces de disfrutar. La falsificación pone en evidencia esa incongruencia entre nuestra percepción y nuestra razón, y revela la poca racionalidad y acuciosidad de nuestros engañosos sentidos. Se preguntará el lector cuál de los dos tipos de acidez es el que saborea el papa, en el momento en que se detiene a probar el vino que Bernard y Manny han falsificado con tanta devoción. Por otra parte, pareciera que en literatura, asumimos a priori que los libros son "negros", que nos mienten, que nos engañan, y que mientras nos mientan o nos engañen bien, los aceptaremos saludablemente, sabremos disfrutarlos pese a estar en conocimiento de nuestra propia estupidez e ignorancia. 

Es por eso mismo que las diversas, fraudulentas interpretaciones que propone el título de la comedia “Black books” son algo más difíciles y agradables de degustar. Podemos quedarnos con la idea de que el título denota solo el nombre de la librería o el apellido de su dueño, o ir más allá y pensar las sugeridas conexiones con el tinto(a) que Bernard se toma a grandes sorbos, los libros difíciles u obscuros, o el mercado negro de “tintos/as” falsificados. En fin, el documental y la comedia están buenísimos, a si que vaya a verlos, y lo mismo diría del libro, si es que se anima a aprender de retórica sacra en el renacimiento, y a reconocer que, al final, en tanto estos engaños dependen solamente de nuestra relación con un relato verosímil, todo esto se trata, simple y llanamente, de literatura.