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domingo, 1 de noviembre de 2015

ROTULAS OCULTAS

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 15:08




Una de las contradicciones a las que nos expone la belleza es el hecho de que, pese a su inefabilidad y al carácter personalísimo y único de su vivencia, sea siempre tan imperativo intentar comunicarla, mostrarla, y ojalá apuntarla con el dedo. Es por eso que una de las mejores partes de leer es hablar con otro de los libros que a uno lo han alucinado; un buen libro no conversado se queda demasiado solo, es una pérdida, como un billete de luca olvidado entre la multitud. Hacer clases fue tan interesante precisamente por eso, creo, porque me permitió hablar hasta el cansancio de los libros que me gustaban, y aún mas, me dejó monopolizar a destajo y sin pudor los títulos y autores que salían en la conversación. Claro, mostrarle algo que uno ha encontrado bello a un niño de 15 años requiere de algo más que esfuerzo, y yo afortunadamente podía ponerle rojos a los que no aparentaran (al menos) empatizar con mis obsesiones personales. En el marco de esta cruzada tan aparentemente ilógica, confirmé otra vez que la mejor manera de compartir un libro no es solo hablar de él sino que leerlo en voz alta: hasta los alumnos más bestiales de un séptimo básico escuchan como cobijados o embobados cuando se les da algo bueno para el oído. Como si todos llegaran a un único puerto, al mismo lugar. Qué decir de leer en voz alta con los amigos o estando enamorada. Las palabras pierden su abstracción y se vuelven pura materialidad, puro evento. Se vuelve innecesario apuntar la belleza teniéndola presente ahí, ocurriendo igual para todos, actual e insoslayable.  

En ese sentido, compartir un vino es quizás la experiencia que más se acerca a leer en voz alta con otro, o que al menos nos ilusiona de estar compartiendo la belleza de ese momento en realidad. De hecho, es evidente que guardamos los mejores vinos no solo para que alcancen cualidades óptimas, pero principalmente porque queremos encontrar ese momento de especial belleza para el descorche que nunca será el ideal pero siempre será acompañado, pues perdería toda la gracia de vivirse solo. Las mejores botellas de una cava, por lo mismo, se reconocen porque tienen nombre, el de las personas que queremos que nos acompañen a ellas o el de las nuevas personas por encontrar. Aquellas personas con las que vamos a describirlo, o con las que vamos a descuartizarlo si es que nos decepciona, o con las que vamos a hablar de cualquier otra cosa, mientras mantenemos su cuerpo en la copa como dios tutelar. Esos vinos de guarda, los que reposan y los mejores que tenemos, los que esperamos compartir de veras, estarán siempre única e invisiblemente rotulados, por debajo de su etiqueta, con el nombre de aquél con quien se compartirá, sin necesidad de palabras, su aroma o su materia o su caricia. La presencia o ausencia de esta rótula oculta, inaccesible como el líquido en la botella, que nos promete, sin garantías, una experiencia no solo bella sino que también ilusoriamente compartida, es quizás la mejor evidencia de que el mejor vino es como lo imaginamos y como lo queremos recordar, es la excusa para una buena historia en voz alta.


domingo, 25 de octubre de 2015

HEDONISM (O sobre las tiendas de vino en Londres #1)

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 16:01


Si hubiese un borracho tan inteligente, sensible y lúdico como Borges—y me temo que los hay, sin duda—quizá podría haber dicho que el paraíso no es una biblioteca sino que una fantástica cava o una gran tienda de vinos. Claro: la cava de una (al menos la mía) siempre es humilde y reducida, pero a la tienda de vinos podemos entrar sin permiso, ensoñarnos en la idea de nuestra propia colección ideal, si es que pudiéramos tener una tan bien nutrida. De hecho, reconozco que con las tiendas de vino y con las bibliotecas ajenas me pasa lo mismo que cuando chica me pasaba con las tiendas de útiles escolares, y me imaginaba cómo sería tener todos esos lápices, papeles, pinturas y libretas en mi casa, todo el año, sin que se agotaran nunca. La tienda de vino, cuando es buena, debiera invitarte a imaginar tu propia cava idílica, infinita e inmortal, paradisíaca.

Escribo esto porque, por alguna de estas muchas casualidades de la vida, me vi irremediablemente forzada a visitar las principales tiendas de vino en Londres. Muchas de ellas me gustaron, pero algunas pocas me encantaron especialmente, por lo que quise escribir sobre ellas. No se equivoque: esta no es una guía para recorrer tiendas de vino en este gran pueblo. Si es Ud. de una revista y esa nota le interesa se la redacto inmediatamente. Pero esta entrada tiene menos que ver con las tiendas de vino en Londres--que, recordemos, es el gran importador de vinos en el mundo--que con sus equivalentes chilenas.

La primera tienda que amé, la más borgeana, se abrió hace solo tres años y lleva por apelativo Hedonism (Hedonismo), un nombre que le queda perfecto. La verdad es que ni siquiera sé cómo partir hablando sobre ella, porque me queda grande antes de haber dicho una palabra. Su dueño es un ruso que no sabía en qué gastar su fortuna y decidió, hace tres años, instalar en Londres una tienda de vinos colosal. Después de recorrer otros locales en la ciudad, pensó que ninguno lo satisfacía, que le era desagradable ir tienda por tienda buscando uno a uno los ejemplares que particularmente le interesaban. Quería poder encontrar todos los vinos del mundo en un solo lugar. Entonces, ¡fácil!, compró en Mayfair cuatro locales consecutivos e hizo de ellos una tienda de vinos enorme que tiene ejemplares de todo el mundo. En datos: 6.000 variedades de vinos y 2.000 variedades de espirituosos.

Lo más espectacular de Hedonism es la disposición espacial de la tienda, que no solo es gigante, pero está pensada para replicarse a sí misma, y volverse infinita. En el primer piso encontramos los vinos blancos y espirituosos, además de toda clase de implementos maravillosos relacionados a ellos (de decantadores y copas a libros y vinilos). Este primer piso es el más clásico y cool, tiene copas de vino colgando sobre la mirada de los clientes, y las distintas tonalidades de los spirits y champagnes le dan el appeal de una gran tienda boutique—de hecho los escaparates parecen estar destinados a joyas más que a botellas, como dice una revista acá en UK.












Cosas aún más interesantes pasan cuando uno baja. El subterráneo está diseñado como un gran sótano y es el espacio destinado a los vinos tintos (“red wines” me encanta, en inglés). Las repisas a plena vista alojan las añadas y los productores más famosos del mundo, presentando los vinos más caros del orbe instalados en hileras contiguas y en un solo lugar. Es como estar en un museo, imposible tocar y menos beber nada. Cada centímetro del subterráneo está cuidadosamente pensado para ser descubierto por el observador curioso, por lo que uno puede encontrar mil detalles diferentes si es que mira y busca con atención, mil rincones, que van desde la distinta disposición de las botellas a libros o vinilos escondidos, sin contar las habitaciones dedicadas a diferentes estilos o marcas cuya entrada no aparece a simple vista: una a Dom Perignon, por ejemplo (con añadas del 1957 en adelante) hasta una pieza dedicada especialmente a Sine qua non, de especial gusto del dueño. Uno de los que más me gustó es una pequeña y escondidísima pieza ambientada como un bosque nutrido o como un sótano al cual se hubieran colado las raíces de los árboles, que envuelven las botellas de vino.













No solo son estos los detalles. Considerando que estamos en Halloween, Hedonism estaba “espeluznantemente” decorada con muertos, cuervos y telarañas. La escalera estaba ambientada con hojas secas y ramas, y cuadros de los integrantes del staff vestidos como convictos colgaban por toda la tienda. De hecho, cuando llegúe, pensé que la estaban arreglando, cuando la verdad es que la habían ambientado como la escena de un crimen.










La configuración espacial de Hedonism, el manejo del detalle, la enorme colección y la cantidad de recovecos y lugares especiales que pueblan la tienda enfatizan la experiencia del vino como exploración, como encontrar lo que nadie conoce y lo que está escondido, como un viaje personal en busca del ejemplar más remoto e interesante. La tienda es un gran Aleph del vino mundial, que atmosféricamente te hace sentir lo inabarcable del recorrido, es un laberinto en el que uno puede fácilmente perderse buscando la botella más atípica o más perfecta
 de todas. De hecho, buena parte de la gente que viene regularmente dice encontrarse después de mucho tiempo con lugares de los que nunca antes se había dado cuenta.

Las tiendas de vino en Londres pelean contra los supermercados, que controlan algo así como el 80% del mercado en el país. Para ello, han desarrollado estrategias para hacer del vino una experiencia, para acercarlo de otra manera al consumidor, y para poner en valor la obra de los pequeños productores. Hedonism no tiene ofertas ni descuentos, no se acerca las personas desde su bolsillo; en cambio, las lleva a imaginar cavas infinitas e incluso imposibles. Claro, es la tienda de un millonario, podría alegarme alguien. Sí, pero en Londres también hay otras tiendas menos impresionantes y más humildes, de pequeños imaginativos como tú o yo, que también me han volado la cabeza. Como ya he escrito lo suficiente hoy, puedo decir que ellas serán motivo de las próximas notas.



miércoles, 19 de agosto de 2015

LAS ACTAS DEL VINO

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 06:26



Leí hace poco "Las actas del juicio" de Ricargo Piglia, un cuento en que el argentino da otra vez rienda suelta a su obsesión por explorar los registros de lo que se ha dicho: los diarios, las cartas, la misma historia. En este caso el cuento consiste, enteramente, en actas, las actas del discurso que un asesino relata ante el juez, y por medio del cuál justifica el asesinato. Esto es, el asesinato es salvado por el acto mismo de contar, y ese contar queda constatado en el registro. Una gran mentira, por cierto. "Es por eso que estoy aquí", dice el protagonista, aunque creo que cito mintiendo, "para poder contarles". Contar una buena historia lo justifica todo: la mancha gris de entreterrianos cruzando el río a caballo, los galopes de días y los animales extenuados, el general con sus ojos chicos de sol, la sombra que pasa por los ojos de los guerreros muertos o los hombres cayendo como grandes árboles derribados por el hacha del leñador. En mi afán constante por dar vuelta las preguntas pienso que por eso estoy aquí, por eso me gusta tanto leer y buscar, estoy aquí para que las palabras y las cosas me muevan y, ojalá, me salven. 

Pero no sé por qué partí por aquí. En cambio quería comentar algo que le repetí a mis alumnos en mis momentos de menor obsesividad (que no son muchos): sí, yo conocía a algunos que despreciaban o miraban en menos a quienes no leen, o que habrían dado todo por que los demás amaran los mismos libros que ellos. Pero yo no pensaba así, yo estaba lejos de pensar que a todo el mundo podría a gustarle la literatura, de hecho, que hubieran unos pocos freaks como uno era ya bastante improbable (leer muchas veces requiere un esfuerzo, es un placer que se conquista, como las ciudades o los vinos más cerrados. Y hoy hay mucha lata de conquistar los propios placeres). En suma, no esperaba de ellos un alma de intrínseco lector y mis pretensiones de encarrilar a los descarriados no-lectores eran bastante realistas. Sin embargo, lo que sí odiaba profundamente--les decía--eran las personas "amebas". Me explico: personas a las que no las mueve absolutamente nada. Nada los apasiona. Nada les interesa. Ningún ámbito de la experiencia humana les merece ninguna pregunta. Sus mayores aspiraciones son una universidad, o una casa, o un auto. De esa gente hay harta, más de lo que uno podría creer. Gente, en suma, que es arrastrada por la vida: que no dirige su caballo, que no vive de jinete, personas para quienes la vida está planificada y tristemente trazada de antemano. No importa que a usted no le guste la literatura, decía, pero al menos tiene que gustarle algo. Que al menos haya una cosa que lo toque y que pueda salvarlo.

De estos gustos y de las historias de esos gustos a veces queda felizmente un registro, intacto para arrastrar a otros como los caballos a sus jinetes por la pampa, porque hablar de las propias batallas perdidas y ganadas es lo más contagioso que existe. El gusto se pega y también es peligroso, porque puede atraparnos y no soltarnos jamás. Por ejemplo, cuando leemos que los aqueos están acorralados en sus naves, y miran de frente en la explanada, en la mitad de la noche, las millares de fogatas troyanas espiándolos como ojos en la oscuridad. Por ejemplo, cuando, al final del día, abrimos un buen vino que nos regala su cuerpo misterioso, mientras vamos aprendiendo de a poco a decirlo. Por ejemplo, cuando un tango nos hace andar llorones como enamorados y repitiendo frases como sonámbulos o buenos mareados. Conta(r)giar ese y otros sabores es lo que debería hacernos, siempre, hablar, aunque toda buena historia sea invariablemente algo de mentira. Y es esa, indudablemente, la razón por la que hablo aquí, por la que registro eso que quiero decir y lo que otros han contado sobre este gustazo que es el vino. Aunque también haya otras razones esta es, indudablemente, la más verdadera. 


lunes, 22 de junio de 2015

LA NECESIDAD DE VER EL MAR

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 18:32





A Paloma, Carolina y Perico

Hay libros que quedan tan grabados en la piel que uno se muere de ganas de escribir sobre ellos, aunque no tenga absolutamente nada interesante que decir. El hecho es simple: la vida de la gente es peor antes de haberse encontrado con esos libros, por lo que uno tiene la dogmática y heroica tarea de mejorar la pobre existencia de los demás diciendo algo que pueda obligar su lectura. La vida de uno se convierte, en esos momentos patéticos y encendidos, en un hilarante plan de dominación mundial, en el que uno está dispuesto a lanzarle el mamotreto por la cabeza a cualquier despistado que se cruce por su camino, aduciendo razones veladas, arteras y manipuladoras pero sin duda llenas de un venerable atruísmo.

Uno de los textos que cumplió y cumple tales características no es propiamente un libro, sino un cuento, que fue culpable de que, hace su buena cantidad de años ya, decidiera que una manera indispensable de conocer Buenos Aires fuera yéndome de bares a tomar ginebras. “¿Ginebras?” me preguntó un taxista cuando recién íbamos llegando del aeropuerto, “Pero si eso no es para chicas como ustedes, es más para hombres”. El cuento, le conté al taxista, es de Mempo Giardinelli y se llama “La necesidad de ver el mar”, y es una historia entrañable, se trata de dos compañeros de la pega que, un día, al quedar desocupados y sin ganas de volver a su casa, se acompañan a tomarse unas ginebritas por las callecitas porteñas. Decía “ginebritas” en plural porque tras el calor de los primeros cortos y las primeras historias, los colegas (que ya no eran colegas solamente sino que un poquito amigos, o filósofos o hermanos) se deciden a irse de bar en bar invitándose mutuamente ginebras de la más distinta calaña y conversando sobre la vida y el pasado, mientras les entran cada vez más las ganas de ver el mar, perdido en el fondo del vaso. Yo y la Caro y la Paloma no éramos propiamente colegas, es más, éramos amigas, pero todavía no nos contábamos una historia de amor al terminar un viaje, ninguna se había casado una ni menos tres veces, ni tampoco habíamos hecho muchas de las cosas ridículas que hemos hecho hasta ahora (aunque todavía no hemos hecho casi ninguna, porque hasta el día de hoy somos particularmente correctas). Una de las cosas increíbles de este cuento, seguía contándoles—no sé si a ellas o al taxista o después a Perico—es cómo plasma ahí lo venerable y lo querible de la forma de hablar de algunos borrachos, mezclando sin problema el registro entusiasmado y atarantado de Osiris y Carlitos, cada vez más entonados, con algunas frases para el bronce como “las costumbres deben ser pocas pero arraigadas”, o esta otra tan cierta, “el silencio es una bella forma del amor”.

Osiris y Carlitos son filósofos y son hermanos, y hay otros salús que hermanan a las personas para siempre, aunque sigan la vida, o incluso aunque no se vuelvan a ver. “Hoy vas a entrar en mi pasado” sonaba en vivo el tango Los mareados mientras sosteníamos el vaso de ginebra que llegamos a tomarnos al Boliche de Roberto, y creo que queda por ahí alguna foto que no quiero, para nada, rescatar, de las tres con Perico, el mítico a cargo de la barra. Nos faltó sólo ir al mar, nos faltó decirnos frases más armaditas y verdaderas, pero al menos, entre nosotras, el plan de dominación mundial había sido exitoso, había hecho que el cuentito ese se volviera inolvidable, otra pieza irrenunciable de lo leído y de lo vivido.





* Para ir al cuento y ser parte del plan, haga click aquí
Fotografía tomada por Carolina Pérez.


lunes, 25 de mayo de 2015

EL PERSEGUIDOR

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 12:08



Mira la botella, es increíble como cabecea…
J.C.

Hace algunas semanas, en Chanchos deslenguados, tuve la oportunidad de probar los vinos de Terroir sonoro de Viña Inédita, un proyecto sureño—del valle del Itata—que ha sonado mucho debido a su implementación de métodos que algunos podrían considerar de lo más “volados” o “pachamámicos”: ponerle música a los vinos. Su enólogo, Juan José (¿o Pedro Pablo?) Ledesma, divide el mosto de cada añada en dos porciones distintas: mientras una parte del mismo se guarda en barricas a la usanza tradicional, al otro se le aplican, también en barrica, dos temas  que se repiten sucesivamente y sin pausa durante 12 meses. Cada uno de los temas, compuestos especialmente para las distintas variedades plantadas, pretende ser una “nota de cata sonora” de su vino, que interprete las cualidades propias de su terroir, y cuya frecuencia sonora se traspase al vino en guarda a partir de la resonancia de las barricas especialmente estudiadas para ello. El resultado es un vino sometido a un “terroir sonoro”, esto es, que considera la aplicación de música como una parte fundante de la vinificación.

El degustador que se acerca a Terroir sonoro no solo tiene la oportunidad de aguzar los sentidos para intentar distinguir la sutil diferencia entre un vino y otro—el vino “silente” y su correspondiente “sonoro”—, sino que se somete a otra experiencia que completa el ciclo de la música. Para ello debe realizar dos ejercicios: en primer lugar, prueba convencionalmente el vino que no ha sido vinificado acorde al “Terroir sonoro”, y, en segundo lugar, se coloca audífonos para degustar el segundo vino envuelto por la música que lo acompañó 12 meses en barrica. Hace, en suma, despertar dentro del vino (y en sí mismo) aquella frecuencia que está en el mismo origen de su primera guarda: hace al vino recordar. Para el bebedor, la experiencia sinestésica de beber el vino con música genera un maridaje que lo hace evaluar el vino en forma diferente, engañándolo respecto de él o resaltando ciertas notas particulares, que lo envuelven con más persistencia, como música en boca. Ledesma distingue bien entre el efecto físico de la vibración en las barricas—el movimiento que produce la integración incesante de las borras, derivando en vinos más “gordos” o con más cuerpo—y la experiencia sinestésica del oyente/bebedor; más queda, sin embargo, la duda, o la sensación, de que en dicho maridaje pasa algo que está más allá, algo que tiene que ver con ese encuentro musical impreciso, entre el auditor/bebedor, el vino y la música que recordara antes de nacer, incesantemente, como dentro del útero materno.

Hablo de esta “rememoración” a propósito de los mismos nombres de los vinos “sonoros” con los que cuenta el proyecto hasta ahora, que evidencian, en ambos casos, un homenaje al escritor argentino Julio Cortázar: en primer lugar, “El cronopio”, un Cabernet Sauvignon sureño y rebelde, y el segundo lugar un Malbec precisamente titulado “El Perseguidor”. Según indica Ledesma, aún no había pensado en los nombres de los vinos cuando compuso la música que los acompañaría en barrica. Sin embargo, es probable que la referencia a Cortázar hubiese estado antes allí, como una reverberación invisible, subyacente a estos límites que se cruzan en sus vinos—de la música a la barrica, de la barrica al vino, de la vibración del vino al oído del oyente, de la experiencia silente a la experiencia sinestésica, de Alina a su Lejana en el puente nevado, de Oliveira a el punto preciso y casual del encuentro, de Johny Carter al tiempo, a sus urnas, o a su deseo perseguidor. De hecho, por deformación profesional y gusto personal no pude dejar de llevar El perseguidor antes que El cronopio, quizás también porque el cuento jazzístico, indagador y obsesivo me parecía definitivamente más cercano al carácter del proyecto de Terroir sonoro (“Me parece que he querido nadar sin agua”; “Era la seguridad, el encuentro, como en algunos sueños, ¿no te parece?, cuando todo está resuelto, Lan y las chicas te esperan con un pavo al horno, en el auto no atrapas ninguna luz roja, todo va dulce como una bola de billar.”; “Esto lo estoy tocando mañana”).

Siguiendo a Julius, y sin un afán etéreo, no puedo evitar creer que la vibración, en este y en todos los casos, produce una cadena de correspondencias que siguen su curso o se duermen, invisibles, en el cuerpo vibrador, que llegado el momento preciso recuerda el movimiento secreto que lo persiguió originariamente. Así, por ejemplo, las personas (o los libros, o los vinos) que están en nuestra sintonía parecieran encender en nosotros un interruptor secreto, escondido quién sabe dónde, que delata algo que siempre estuvo allí: una inclinación, una frecuencia, una música que constituye la misma pasta de la que estamos hechos. El pulso de aquello que nos persigue, o que perseguimos.

Queda abierta para el lector la tarea de hacer un maridaje aún más complejo: no solo reunir al vino y a su música, sino también conseguirse en la librería más cercana el cuentito de Cortázar para incluirlo como un tercer elemento, imprescindible, de la combinación, acompañando su lectura con el vino y la música que lo envolvió por primera vez. Solo entonces la persecución comienza. Las cuerdas vibran. La guitarra vibra. Los tímpanos vibran. El oído sueña. Rasguea el lápiz. Suena el saxo. El saxo recuerda. La escritura persigue. La escritura prosigue. El equipo se enciende. Los parlantes suenan. La barrica vibra. El vino se mueve. Las borras bailan. La lectura se encona. La botella cabecea.




Temas del Terroir sonoro: http://www.terroirsonoro.cl/#!musica/c14o2

*Fotografías de Juan José Ledesma

jueves, 14 de mayo de 2015

BOTELLA AL MAR

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 16:49



El mar es un azar
¡Que tentación echar una botella al mar!

Mario Benedetti


El vino propone, en todas sus versiones, al menos dos viajes. El viaje más obvio es el del que lo bebe: del que viaja a la viña a descubrirlo, del que lo siente evolucionar una vez abierto, del que conversa al amparo de su botella. Pero también supone un viaje anterior: aquél que conlleva el proceso de transformación de la uva en vino, haciéndolo desembocar, como una nave oscura, entre las manos de su descorchador. La viña Odfjell, compenetrada con el oficio marino y mercante de su familia fundadora, plasma en sus etiquetas un tipo particular de viaje: el viaje naval. Todas ellas se relacionan, de cerca o más veladamente, con el barco, la gran estructura que logra surcar con salvaje elegancia a su mayor enemigo, el mar. El viaje del barco que navega no queda lejos del viaje de la uva que sufre la transformación que la verá trocada, maravillosamente, en vino. Así, por ejemplo, la línea “Armador” da cuenta, en primera instancia, de un hombre a la cabeza que piensa, con ingenio sistemático, una dirección: hacia dónde surcará el barco. La orza (“Orzada”) es la pieza que da estabilidad a la nave, en caso de que los vientos intenten descentrar su eje precario en la tormenta; y la línea “Babor” nos sigue dando cuenta de las partes del barco que, para el grumete, deben formar las líneas de su cuerpo durante la navegación. 

La línea “Capítulo” desvía nuestra atención a un aspecto distinto y, quizás, menos material del viaje. Su nombre alude a la bitácora que escribe el capitán durante la travesía, registrando día a día los avatares de la navegación. El vino que Odfjell tiene hasta ahora en esta línea, “Flying Fish” (un ensamblaje de Carignan, Cabernet Sauvignon y Malbec) conjuga el doble propósito o sugerencia de las etiquetas de Odfjell. Por una parte, refuerza la consistencia de los lineamientos de la viña (su producción de vinos de alta gama y en su gran mayoría tintos, orgánicos y biodinámicos), dando cuenta de un aspecto importante para el viaje del vino: la autoconsciencia de quien lo produce, que debe tener una línea de navegación clara y convincente a fin de llegar a puerto seguro. Al mismo tiempo, la etiqueta de "Capítulo" se separa ligeramente del resto de las de la viña, entregando una propuesta singular, que no alude ya a la férrea estructura del barco sino al momento desatado y tormentoso de la escritura, que registra lo raro y lo maravilloso del viaje, aquello que escapa a su seguimiento sistemático y que es simplemente digno de contarse:

“Un golpe llamó mi atención. Cuando llegué a la popa, lo encontré: el pez volador más grande e increíble que he visto en toda mi vida yacía en la cubierta con su cabeza apuntando hacia el sur. ¿Quién sabe qué habría sido de nuestro destino si no hubiéramos prestado atención a ese signo?”

El "viaje" del vino se monitorea siguiendo los vaticinios que aportan tanto el sol como el agua, cambiando el rumbo y los parajes marinos en caso de ser necesario, y consignado estas señales más ambiguas en el “capítulo” correspondiente de la agenda manuscrita. En esta línea, la bitácora que sigue, de cerca como una madre, el proceso de vitivinicultura (su “Capítulo”) es ingenua: no sabe que, sin lugar a dudas, algunas de sus páginas le serán, algún día, arrancadas para mandar un mensaje, como el recado desesperado que es depositado en la botella que sobrevive al naufragio. Esa botella, que encontramos como por casualidad a la orilla de la playa, y que abrimos curiosos de descifrar la oscura letra manuscrita al interior del papel desgranado, es el decir futuro que siempre será leído a medias, siempre evocativamente, siempre de lejos. La direccionalidad del barco (la bodega “gravitacional”, la casa del mosto) esconde siempre una historia y un naufragio que, por suerte, nos entregará vinos que siempre puedan leerse en forma distinta, como botellas flotantes y lanzadas mar abierto, esperando al bebedor que allá lejos, algún día, las descubra.

sábado, 25 de abril de 2015

UNA FIESTA VERBAL

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 15:07





Ayer terminó el concurso del mejor sommelier de las Américas, que tuvimos la suerte de presenciar en Chile. Ganó merecidísima la argentina Paz Levinson, cuyo desempeño--impresionante a ojos de una confesada novata--me dejó reflexionando, por sobre todo después de que terminase de describir los tres vinos que cató a ciegas. 

Como algunos de mis lectores sabrán, yo provengo de la literatura. En mi tesis de magíster, que pude entregar hace poco más de un mes, trabajo con una linda categoría cuya conceptualización se remonta a la antigüedad grecolatina, y específicamente, a la poética y a la retórica aristotélicas. Su nombre es enargeia y se define como aquél efecto del lenguaje (de las palabras escritas u oídas) mediante el cuál el discurso aparece "ante los ojos" del lector u oyente, de modo que este, más que estar escuchando o leyendo, pareciera estar observando lo que ha sido dicho. Un autor latino que me gusta mucho, Quintiliano, lo ilustra de la siguiente manera: 

Denuncio el asesinato de un hombre: ¿no deberé poner ante mis ojos todo lo que pudo haber ocurrido cuando el asesinato sucedió? ¿No habría el asesino aparecido repentinamente? ¿No habría acaso el otro temblado, llorado, suplicado o huido? ¿No debiese yo acaso contemplar a uno golpeando, y al otro cayendo? ¿No debiesen la sangre, y la palidez, y el último aliento de la víctima moribunda presentarse en su totalidad ante la mirada de mi mente?

La aparición del hecho que, pese a estar ausente, aparece como claramente presente para nuestros sentidos, es sin lugar a dudas una de las cualidades maravillosas y misteriosas del lenguaje, que es capaz de “presentizar” aquello que fue o podrá ser, o aquello que solo es posible. Este efecto del discurso, que solamente podían lograr los mejores poetas y oradores, era pensada por los antiguos como primordialmente ligado a la vista, de modo de que lo dicho aparece como ocurriendo delante del lector/auditor. Sin embargo, creo que el concepto de enargeia (o un concepto nuevo que podríamos procurar inventar) se puede extender sin problemas a todo el espectro sensorial. También al olfato, al gusto y al tacto, a los que los griegos siempre se refirieron menos, a diferencia de la vista.

Eso pensé ayer escuchando a Paz. Lejos de ceñirse formulaicamente a la “ficha” de descripción organoléptica, la argentina describía al vino con frases largas, con ritmo, encontrando expresión, vocabulario y apertura verbal para describir los colores, texturas, gusto y aromas de tal manera que cada una de sus frases se volvía contundentemente sugerente, enormemente llamativa no solo a los ojos, sino a la nariz y a la boca. Sin problemas lanzó, sucesivamente, frases no armadas, muy evocativas, propias de aquellos que saben percibir y recordar de verdad, y que naturalmente llamaban al auditor a imaginarse al vino en el paladar o en nariz, como una imposición singular y cierta.  

El público, que sigue con expectación un concurso, está más ciego que el catador: es solo oídos. No sabe realmente cuales son los vinos servidos, por lo que solamente asiste a un discurso, a un espectáculo: a una fiesta verbal. Puede aspirar a comparar los relatos de los contrincantes, ver las cercanías y las desavenencias, pero a fin de cuentas lo que hace es asistir al lenguaje sensiblemente levantado, cargado de sugestiones y sugerencias para la imaginación. Como un recital de poesía encubierto y quizás apreciado con mayor reverencia. Evidentemente, el relato de los tres contrincantes no fue presentado con la misma elegancia, despliegue y apostura. Ahí—deformación profesional—me ganó Levinson. Aunque hubiese estado absolutamente equivocada, su pericia y creatividad en la palabra ya habrían hecho buena parte del resto.


sábado, 18 de abril de 2015

SINGULAR IDEA

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 06:16
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¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa 
conjunción de los astros, en qué secreto día 
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa 
y singular idea de inventar la alegría?

Jorge Luis Borges, Soneto del vino.


Singular la tarea de escribir sonetos, singular la idea de levantar, con comedida estructura, algo que naturalmente se presenta tan expansivo y disperso: la alegría sonora y oscura del vino. Borges suele escribir poemas así: cabezones, pausados, como de lento divagar, estructuradas cajas de música que se vuelven clepsidras de oro solo al más fino oído, algo apagadas incluso. La alegría del vino—singular invento de aquellos que, algún tiempo atrás, lo imaginaron al alero del otoño y el oro—demuestra no ser, paradójicamente, el ánimo de este soneto, que más que llamar al júbilo pareciera querer espantar la tristeza:

                    Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
                    como si ésta ya fuera ceniza en la memoria

La idea de inventar el vino es valerosa, porque ser alegre, cuando se aborda como un ánimo consciente, es la acción temeraria de desdeñar los recuerdos futuros de dicha alegría, cuando nos encontremos ya sumidos en la desesperación y la tristeza. La alegría del vino es, paradójicamente, la que se logra en esos momentos de recuerdo, a punta de querer hacer ceniza la memoria, y de entrar en un júbilo puro, anterior al tiempo o construido sobre su lejano recuerdo. La música, el fuego y los leones del vino no solo exaltan la alegría sino que mitigan el espanto, disipándolo como un aroma, disolviéndolo en las oleadas de la noche y definiendo así el carácter sumamente singular de su fiesta. Borges encierra la alegría en el soneto como el vino en la copa, quizás, para hacerse la ilusión de tenerla asida, de resucitarla en el recuerdo de su música como un cuerpo sugerente y definitivo, o bien de controlar la tristeza presente, haciéndola elixir, haciéndola puro disfrute, volviéndola en vino.


sábado, 11 de abril de 2015

LA CEPA FAMILIAR

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 07:15




En la Biblioteca Viva del Mall Plaza Sur, cercana a San Bernardo, se inauguró hace una semana la exposición “La cepa familiar” de Sonia Martínez, que durará durante todo abril. La muestra busca mostrar las analogías entre el proceso creativo en el laboratorio de enología y el proceso creativo del artista visual, articulado en torno al mismo material: el vino. El trabajo de Sonia es con el color: el cambio de la tonalidad del vino en ebullición, que vio tantas veces manipular a su abuelo enólogo, es replicado por ella en el terreno de la pintura, en el que se busca el cambio en las tonalidades y viscosidad del vino a fin de lograr el efecto deseado sobre la tela.

A partir de este presupuesto, los cuadros de “La cepa familiar” se presentan al observador como la réplica de una serie de fotografías familiares tomadas en el fundo El peral, al sur del valle de Casablanca, en el que el vino formaba parte de la rutina diaria de su familia. Buena parte de las telas está pintada al óleo. Según las palabras de la propia Sonia, el principal ámbito en que se permitió absoluta libertad para alterar el registro fotográfico fue en el color. En efecto, la paleta de tonalidades escogida está claramente limitada a los matices rojizos, púrpuras, ocres y sepia, que proponen una re-visión de los documentos familiares a partir de un par de anteojos con un filtro bien particular: el del color del vino como visto a través de la copa inclinada.

Tres cuadros de la muestra, a mi juicio los más interesantes, están pintados propiamente con vino. Como el enólogo, la artista somete el vino a distintos procesos para lograr el color y textura deseados. En ambos casos, la aplicación rigurosa y creativa de una técnica deviene en un producto final (el cuadro, la botella abierta) que propone una experiencia harto más difusa: la del viaje, la reminiscencia sensorial, y la memoria.



Al mismo tiempo, los cuadros pintados con vino explicitan el paso del tiempo de un modo que en la botella es harto menos visible. Como nos cuenta Sonia, a medida de que pasan los años, el tono del pigmento se va poniendo cada vez más opaco y negruzco, con lo que se vuelve necesario retocar los cuadros, en los que el color rojo más intenso corresponde a vino más joven. La tela explicita el paso del tiempo, el viaje del vino que envejece a la vista de quienes visitan su memoria con suspicacia de observadores. Esta condición particular del material escogido para pintar no solo implica la producción de obras que tienen que estar siempre (re)haciéndose, pero también nos pregunta por la propia perdurabilidad de un cuadro hecho con él (¿cuánto resistirá el paso del tiempo un cuadro pintado con vino?) y, con ello, también, de nuestra frágil memoria.


miércoles, 25 de marzo de 2015

DE VINOS Y VENIRES

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 19:12
Atades, "Vino de la amistad", etiqueta por Eva Armisén


El que al mundo vino
Y no toma vino
¿A qué vino?

Bernardo Piuma


Es difícil saber si es afortunada o desafortunada aquella coincidencia léxica que, en español, confunde la palabra “vino” con el pasado en tercera persona singular del verbo “venir”: él vino, ella vino. Ambas palabras (“vino”, nuestra bebida, y “vino”, del verbo venir) son, en términos estrictos, homógrafos: la grafía es la misma, los significados difieren.

O quizás, no tanto.

El verbo “venir”, según las primeras acepciones de la RAE, no solo significa “caminar”, implicando movimiento, sino que especifica ciertas características de ese traslado o viaje. “Venir” constituye, en primer lugar—sigue la RAE—un “moverse de allá hacia acá”, esto es, un acercamiento: quien viene se “avecina”, se vuelve próximo o incluso familiar. Mientras el verbo “ir” implica siempre la preponderancia de un destino lejano, hacia el cuál se parte, alejándose de un origen hacia una meta definida o incluso hacia lo desconocido, en el verbo “venir” se presupone el destino, mientras que lo que importa es, en última instancia, desde dónde se viene: qué es lo que el viajante lleva consigo en el momento del acercamiento; qué aporta con su llegada, qué tiene para mostrar. El “venir” es el advenimiento de alguien que trae algo: un conocimiento, una historia, un objeto raro o un libro enigmático.

Si intentamos especificar aún más, podemos añadir otra acepción del mismo diccionario, según el cual “venir” significa (en referencia a una persona o cosa): “Llegar hasta donde está quién habla”. Esto es, el “venir” implica que hay alguien que espera o que observa el acercamiento del “venidor”, y al mismo tiempo, lo predica mediante el lenguaje. El que predica la “venida” está a la espera de la entrega o la novedad que tiene para aportar aquél que antes no estaba: de alguien que iba y que regresa.

Quien habla de vino, está en posición de esperar lo que viene. El vino que se prueba vuelve de un viaje, sea el viaje fresco del que es aún joven o el viaje profundo del que bajó a la guarda; el vino nos trae cosas de sus travesías: reminiscencias, colores, texturas, aromas. La aproximación del vino, su cercanía con aquél que lo gusta y llega a disfrutarlo, tiene con todo que ver con el regreso del viajante, que cuenta con lenguaje sutil lo que vio: su tierra, su clima, sus palabras y sus manos.

En última instancia, este “venir” del vino provoca otras aproximaciones o venires: la de aquellos que “vienen” a probarlo juntos y se someten al su venida, “aveniéndose” a partir de la experiencia común del viaje. La venida del vino implica también, en suma, la reunión, o la aproximación, de los que brindan juntos.


jueves, 12 de marzo de 2015

A PARTIR DE "APUNTES DE SOBREMESA"

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 12:03

Cuando recién entré a estudiar literatura solía decir, entre la seriedad y la broma, que la mía era una carrera de sobremesa. Esto es: especializada en la acumulación de anécdotas librescas que cumplían con la interesantísima función de entretener a los comensales dominicales, pero que aparte de eso no tenía ningún impacto en el mundo de hoy (en mis peores momentos he creído que este era un diagnóstico incluso demasiado optimista). Por eso me sorprendió cuando, algunos años después, conocí la página web "Apuntes de sobremesa" (www.apuntesdesobremesa.cl) donde Harriet Nahrworld y Enrique Rivera "apuntan" sus avatares relativos al vino, a la gastronomía y a otros temas como incluso (en alguna contada ocasión) la literatura, dibujando a partir de sus crónicas lo que al lector le parece no solo un grupo de reseñas actualizadas sino más bien un mapa de exploraciones. Lo de "apuntes", como una cierta reflexión o sistematización de aquello que originalmente constituye un espacio del disfrute (la sobremesa) me pareció, de hecho, una linda metáfora de la profesión literaria.

“Apuntar” ayuda a levantar, complejizar y enriquecer nuestra relación con aquello que nos gusta, haciendo que podamos disfrutarlo aún más intensamente. Algo así ocurre en las mejores reseñas de esta página, que consta de notas bien escrititas, de prosa suelta, amable, y al mismo tiempo, precisa. Se impone, las más de las veces, el profesionalismo ordenado y ameno, que contribuye a la claridad de los textos. Con todo, la página se constituye como un referente importante de consulta, que hace justicia al prestigio actual de sus autores en la crítica gastronómica y de vinos en Chile, y que sigue la misma línea que después Nahrwold desarrollará en su libro Vinos de Chile.

La tarea llevada a cabo en “Apuntes de sobremesa” refuerza ciertas convicciones que mantengo hoy en lo que respecta a las relaciones entre mi propia disciplina y el mundo del vino. Una aproximación al vino nacional y extranjero desde los estudios literarios contribuye a la revalorización de la cultura del vino, a su estudio como objeto simbólico, y a la presentación de su consumo como una experiencia propiamente estética, respecto de la cual hay aún mucho que estudiar y decir. Aspectos que, pese a ser indispensables para la proyección del vino nacional, han sido sólo incipientemente desarrollados en el ámbito chileno, y que la industria debiese, cada vez en mayor medida, promover y descubrir. Levantada desde una orilla afín a la que intento explorar en este blog, "Apuntes de sobremesa", como otras apuestas contemporáneas y, evidentemente, como sus precedentes en la crónica y crítica gastronómica, ha, sin lugar a dudas, asfaltado este camino que de a poco otros podrán recorrer con cada vez más comodidad y arrojo.   


jueves, 5 de marzo de 2015

MANTEL MANCHADO

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 17:00




Tengo muchas cosas que decir acerca de las etiquetas de InsTinto Wines, que me cayeron bien. Ofrezco un humilde punteo a los lectores ociosos o entusiastas de días de vendimia.

1. Tomarse un vino deja una huella: la página en blanco del escritor es como el mantel blanco del bebedor.

2. Estrictamente hablando, la analogía anterior tiene algo de tramposa, porque el bebedor cumple más el papel de lector que de escritor, y sus huellas de tinta/vino son su interpretación de las letras de otro (las del viticultor o del enólogo). Esta no es, sin embargo, la única diferencia: mientras las letras del escritor son un decir consciente de sí mismo, las manchas del bebedor son los accidentes o los rastros de otro discurso que, al mismo tiempo, se desenvuelve: el de la conversación, el de la percepción del vino, y quizás—por que no—el de la curadera y la fiesta.

3.  Las etiquetas de InsTinto muestran, a primera vista, un mantel/página ya intervenido: marcado de manchas y de las estelas descuidadas de las copas o vasos de vino derramado. El mantel manchado nos retrotrae sin mucho esfuerzo a ciertas imágenes inevitables: la conversación larga, intensa y descuidada, el descorche sucesivo, o la celebración apatotada y ruidosa. La alusión al “Tinto”, a secas, se alinea a esta presentación del mantel manchado, como alusión al mundo popular del vino, al brindis y a la reunión festiva, recordándonos de que cualquier “tinto” ya es lo máximo si sus características se ajustan a la índole del momento que hemos pensado para compartirlo.

4. Todas las referencias de esta etiqueta a la cultura popular del vino parecieran inicialmente desdecir el carácter de su producción a pequeña escala (de vino “de garaje”, como lo definen sus productores) y orientada a la elaboración de vinos premium, que piden del bebedor la distinción de un “tinto” respecto de otro “tinto”. Haya sido por premeditación o por ins-tinto, las etiquetas de las botellas que vendrán a continuación (InsTinto del Elqui e InsTinto de Colchagua) complejizan la propuesta inicial. La referencia directa del Ins-Tinto de Maule al mantel manchado de violeta, cuyas marcas son directa y fácilmente identificables como manchas de vino, empieza a perderse en las siguientes botellas, en las que la experiencia cambia: las huellas del vino se vuelven de color morado o azul.

5. De manchas de vino, pasamos a manchas de colores: a distinguir que, teniendo el vino en la nariz o en boca, aparecen huellas nos dejan entreverar, indudablemente, tonalidades nuevas o diferentes.







lunes, 9 de febrero de 2015

LABERINTO

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 19:07


Laberinto. Cenizas de Laberinto. Sauvignon Blanc, 2014.
"El trazo circular de los viñedos, simboliza totalidad, unidad y complejidad de los sabores que se expresan en el vino"



Cuando era chica, todos los veranos me empecinaba en hacer laberintos. La impronta de todos los que dibujé—largos y enormemente aburridos—era la siguiente: debía existir un camino cuya lógica fuere evidente para quién intentase desentrañarlo, pero que tenía que mostrarse, en un último momento, como incorrecta. El camino verdadero a la salida o al objetivo del laberinto era, por el contrario, abstruso y alambicado, y conllevaba, las más de las veces, que se transitaran casi todos sus corredores, en un orden contrario al sentido común. Obviamente, a mi familia la tarea de completarlos les resultaba altamente soporífera, lo que hizo que en casi todos los casos mis dibujos infantiles quedaran medio olvidados, a la espera de un jugador con paciencia de ajedrecista que cumpliera mi iluso sueño de verlos alguna vez recorridos con el lápiz o los dedos.

Cuando, algo más adelante, decidí perseverar en mis marañas a lápiz de color o a sello de agua, me pareció evidente que un buen laberinto no solo logra predecir los pasos de su caminante, sino que también plantear preguntas que este no sería capaz de hacerse. La lógica de la complejidad no estriba en encontrar un camino alternativo sino que en encontrar un camino distinto. Borges imaginaba, así, un laberinto que consta de una sola línea recta e indivisible, incesante, de modo que quién lo recorre no puede vislumbrar lo que pasa fuera de ella, o en el extremo infinito de su final.

Cuando aguzamos la percepción nos encontramos, a veces, en medio de un ondulado laberinto que consta de un solo centro e infinitos caminos, que llevan cada uno a un final divergente. Ese laberinto, el del que percibe o—mejor dicho—el del que nombra sus percepciones, es como el de Funes el Memorioso, cuya memoria infinita e incapacidad de olvido lo inhabilitaban para generalizar, haciendo de cada nota captada una insoportable singularidad:

No solo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).

A veces hay vinos que, sin ser los que más nos gustan, son sin embargo interesantes; como aquella película que no pudimos condenar del todo porque, al menos, dio para que después tuviéramos una buena conversación sobre ella. O porque nombrar lo que en ella pasaba, armar nuestro relato, a veces hizo que la experiencia de ver esa película mala, o mediocre, valiera la pena. Así circulamos por los laberintos de nuestros propias interpretaciones, que armamos nombrando sus recovecos y bifurcaciones, intentando decir lo que a Funes le era tan incómodo. Nuestros propios laberintos son, en cambio, las creaciones más bellas si hablamos de una película que nos gusta; un libro que nos gusta; un vino que nos gusta. Un laberinto recto e infinito, eterno como una infancia e incorrecto como la ruta más abstrusa, de la que nos gustaría no volver a salir.