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domingo, 1 de noviembre de 2015

ROTULAS OCULTAS

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 15:08




Una de las contradicciones a las que nos expone la belleza es el hecho de que, pese a su inefabilidad y al carácter personalísimo y único de su vivencia, sea siempre tan imperativo intentar comunicarla, mostrarla, y ojalá apuntarla con el dedo. Es por eso que una de las mejores partes de leer es hablar con otro de los libros que a uno lo han alucinado; un buen libro no conversado se queda demasiado solo, es una pérdida, como un billete de luca olvidado entre la multitud. Hacer clases fue tan interesante precisamente por eso, creo, porque me permitió hablar hasta el cansancio de los libros que me gustaban, y aún mas, me dejó monopolizar a destajo y sin pudor los títulos y autores que salían en la conversación. Claro, mostrarle algo que uno ha encontrado bello a un niño de 15 años requiere de algo más que esfuerzo, y yo afortunadamente podía ponerle rojos a los que no aparentaran (al menos) empatizar con mis obsesiones personales. En el marco de esta cruzada tan aparentemente ilógica, confirmé otra vez que la mejor manera de compartir un libro no es solo hablar de él sino que leerlo en voz alta: hasta los alumnos más bestiales de un séptimo básico escuchan como cobijados o embobados cuando se les da algo bueno para el oído. Como si todos llegaran a un único puerto, al mismo lugar. Qué decir de leer en voz alta con los amigos o estando enamorada. Las palabras pierden su abstracción y se vuelven pura materialidad, puro evento. Se vuelve innecesario apuntar la belleza teniéndola presente ahí, ocurriendo igual para todos, actual e insoslayable.  

En ese sentido, compartir un vino es quizás la experiencia que más se acerca a leer en voz alta con otro, o que al menos nos ilusiona de estar compartiendo la belleza de ese momento en realidad. De hecho, es evidente que guardamos los mejores vinos no solo para que alcancen cualidades óptimas, pero principalmente porque queremos encontrar ese momento de especial belleza para el descorche que nunca será el ideal pero siempre será acompañado, pues perdería toda la gracia de vivirse solo. Las mejores botellas de una cava, por lo mismo, se reconocen porque tienen nombre, el de las personas que queremos que nos acompañen a ellas o el de las nuevas personas por encontrar. Aquellas personas con las que vamos a describirlo, o con las que vamos a descuartizarlo si es que nos decepciona, o con las que vamos a hablar de cualquier otra cosa, mientras mantenemos su cuerpo en la copa como dios tutelar. Esos vinos de guarda, los que reposan y los mejores que tenemos, los que esperamos compartir de veras, estarán siempre única e invisiblemente rotulados, por debajo de su etiqueta, con el nombre de aquél con quien se compartirá, sin necesidad de palabras, su aroma o su materia o su caricia. La presencia o ausencia de esta rótula oculta, inaccesible como el líquido en la botella, que nos promete, sin garantías, una experiencia no solo bella sino que también ilusoriamente compartida, es quizás la mejor evidencia de que el mejor vino es como lo imaginamos y como lo queremos recordar, es la excusa para una buena historia en voz alta.