Con tecnología de Blogger.

domingo, 1 de febrero de 2015

VINO COLOR DEL MAR

Posted by Unknown On 7:39 a.m.




Hoy parto al litoral a aligerar la sangre y encumbrar el sueño, cosa que la mayoría de las veces no puedo lograr si no entro en contacto con el mar, que siempre templa, tranquiliza y de-vuelve. Pensé, por lo mismo, en que ameritaba reanudar el blog con una pequeña visita a Homero, y a una de sus tantas recurrencias poéticas que ha resultado un quebradero de cabeza para los estudiosos de su obra. Como estos recordarán, el caso es el siguiente: tanto en la Ilíada como en la Odisea, Homero se refiere varias veces al “mar vinoso” o al “mar color del vino” o de “negro vino” (αἴθοπα οἶνον), una atribución misteriosa que han intentado explicar distintos investigadores en todas las épocas.

La pregunta obvia era: ¿por qué Homero definió al mar como “color del vino”? ¿Cuál fue el fundamento de esa relación tan reiterada en sus grandes obras épicas? Considerando que esta es una de las referencias poéticas al vino más antiguas de las que se tenga noticia, resolver el asunto era francamente urgente.

Algunos especialistas aventuraron una primera respuesta simple. Según ellos, Homero atribuía al mar el color del vino, simplemente, porque el vino que bebían los griegos no era rojo, sino azul. Como indican Robert H. Writht y Robert E.D.Cattley, el agua con que los griegos frecuentemente mezclaban su vino era alcalina, lo que explicaría que el vino en la época (que estos mezclaban con 5/6 de agua) pudiese tornarse, consecuentemente, azulado.

Otros investigadores opinaron que era evidente que si Homero calificaba al mar como “vinoso” o “color del vino” es porque sufría de daltonismo, e incluso—como dice la tradición—de ceguera. Dicha hipótesis podía confirmarse fácilmente si se examinaban otras calificaciones frecuentemente utilizadas por el vate, como su descripción de la miel como color verde, o de las ovejas como color violeta.

Obviamente, argumentaron otros, las expresiones de Homero debían tener una explicación natural. Diversas revistas especializadas explicaron las particularísimas condiciones que habrían hecho que el mar Egeo presentara los tonos rojos o incluso violáceos que suscitaron los dichos del poeta. El dr. Rutherford-Dyer, por ejemplo, sugirió una explicación meteorológica, que implicaba que en ciertos meses del año el contenido de polvo en la atmósfera en el Egeo aporta al agua una tonalidad y textura muy cercana a la del vino.

Humanistas y otros académicos dieron una respuesta bastante más aburrida: el apelativo de “vinoso” o “color del vino” era simplemente utilizado por Homero como “recurso poético”, probablemente porque se ajustaba a las posibilidades del metro. Esto aún no daba, obviamente, respuesta a qué pudo ser ese “qué” semejante entre el mar y el vino que “vió” Homero. Las afirmaciones que apelan a ese lado de la respuesta son las mejores. Carlier (1999), por ejemplo, asevera que la comparación del agua al vino excede a las consideraciones meramente cromáticas: “El ‘mar vinoso’”, dice Carlier, “no se refiere, por supuesto, al ‘mar color de vino’—connotación casi surrealista—, sencillamente se trata del ‘mar espumoso’, que se espuma como el vino que se acaba de verter en una crátera”. Las connotaciones “surrealistas” del mar color vino son recobradas, en cambio, por Elbia Haydée (2011), quién, después de examinar todos los usos del adjetivo “vinoso” en la obra homérica, afirma que el epíteto adquiere en ella un tono de vigor, fuerza e intensidad, y puede traducirse como ‘rutilante, esplendente, chispeante, vivaz, pero también ‘color de fuego’, ‘ígneo’, e incluso ‘negro’; admitiendo también las acepciones de ‘radians, splendens, ardens’”. Como tal, el apelativo de “vinoso”—nos recuerda Haydée—no solo es aplicado por Homero al mar, pero también a la noche, a la nave, a la muerte, al sudor, y a la sangre que brota de una herida. En esa línea, el mar “color de vino” podría referirse al alta mar, o a las aguas profundas, en oposición al agua de la orilla.

Esta historia hiper conocida nos puede llevar a detenernos en algunas de las buenas cosas que provocan las palabras. La imposibilidad histórica de explicar la vinculación homérica, y las múltiples hipótesis que pueden desplegarse para darle respuesta, ya sea a modo de juego o de ejercicio, dan cuenta de cómo el lenguaje poético, indirecto, tensa las posibilidades asociativas de la mente, permitiéndonos re-pensar el modo en que pensamos, o, como diría Gregory Bateson, reflexionar sobre los fundamentos de nuestros propios pensamientos. El lenguaje nos limita hasta que logramos volvernos sobre él: así ocurre cuando alguien describe su copa de vino y dice que su superficie tiembla como una mariposa, o como las caderas de una mujer; o cuando aquél otro afirma que el color de su vino es como el mar; o que el aroma de su vino es como el mar; o incluso, que el sabor de su vino es como el mar. Al mismo tiempo, la metáfora y el símil nos muestran, en los mejores casos, una vinculación que, si bien percibimos como luminosa e incluso verdadera, no logramos aprehender del todo; una ‘imagen parecida’ que atrapa, pidiendo una explicación que enmarque su inexplicable belleza. La gran cantidad de interpretaciones que se han hecho del “mar vinoso” homérico es, así, elocuente del modo en que algunas metáforas logran situarnos ante algo absolutamente insondable, haciendo que la realidad se exprese desnuda y poderosa, enormemente misteriosa, inexplicable e indiscutiblemente bella.


lunes, 15 de diciembre de 2014

CAVAS, BIBLIOTECAS Y FANTASMAS

Posted by Unknown On 5:46 a.m.




“Toda pasión, en efecto, linda con el caos (…) 
la pasión de coleccionar un orden no es sino un juego de equilibrio por encima del abismo”
Walter Benjamin,  “Desembalo mi biblioteca”


En su ensayo Bibliotecas llenas de fantasmas, Jacques Bonnet define al “fantasma” (en francés, fantôme) como aquel “papel o cartón que se pone en el lugar de un libro retirado de un estante de biblioteca, de un documento que ha sido prestado”. Un papel o cartón que, más allá de su función de registro o inventario (qué libro falta, qué lector lo tiene en las manos y desde cuándo) muestra la presencia de una ausencia, la vida y circulación subrepticia de lo que parece quieto y frío (los libros y el polvo) y, en la biblioteca privada, un recuerdo de nuestros propios fantasmas circulando los textos: los años en que los compramos, las personas vinculadas a ellos, las cicatrices que algunos nos dejaron o el volumen que tenemos la intención de visitar a continuación. El fantasma (fantôme) considera así la presencia de un mapa invisible que une indisolublemente a la biblioteca y a su propietario, vinculando fechas, lugares, personas, afectos, edades o ánimos, constituyéndose como una forma alternativa de autobiografía que solo puede descifrar su poseedor. Una de las huellas invisibles de este mapa o historia “fantasmática” es, sin duda, el orden de los libros en los anaqueles, con el que todos los bibliófilos parecen estar obsesionados de común acuerdo. “¿La biblioteca debe ordenarse alfabéticamente, por géneros, por idioma, cronológicamente o, por qué no, como Warburg, siguiendo una invisible red de afinidades desconocida para todos salvo para el interesado?”, escribe Bonnet, y yo creo acordarme de algunas posibilidades más interesantes, tal vez leídas en La casa de papel de Carlos María Domínguez (que no tengo a la mano), como, por ejemplo, ordenar los libros por autores afines, y separar a aquellos que habrían reñido, o ordenar los libros por temas específicos y raros que vinculen un campo semántico en el “mapa” de la biblioteca, como libros sobre olores, libros sobre subterráneos, libros sobre decepciones o libros sobre libros.

Una cava es muy parecida a una biblioteca, al menos en lo que respecta a las posibilidades del orden y del coleccionismo. A las tradicionales disposiciones según país, cepa, valle, año o incluso (el más aburrido) alfabético pienso en otros ordenamientos alternativos: Vinos que se avienen más. Vinos que ya nos hemos tomado y volveríamos a probar, vinos que aún no hemos tomado y vinos que llevamos años guardando. Vinos por descriptores ultra específicos o indeterminados, como vinos agudos o vinos nítidos. Vinos por el color o carácter de su etiqueta. Vinos considerando la circunstancia en que aparece adecuado tomarlos: vinos para noches de lluvia y chimenea, vinos para conversarlos con gente petulante o desagradable, vinos para afrontar el aburrimiento, vinos para acompañar la lectura.

La cava como un mapa de la experiencia y los sentidos se comporta, con todo, de forma completamente diferente a una biblioteca. Mientras el lector asiduo u ocioso, a la vista de los volúmenes, puede visitar solo algunas páginas de un texto para volver a dejarlo en su lugar, la elección de tomar un vino implica dejar, en la cava, un fantasma real: un ejemplar que, una vez abierto, nunca podrá volver a su lugar ni ser probado nuevamente. Una botella de vino es, literalmente, un futuro “fantasma” o un fantasma que recuerda su ausencia futura, y cuya presencia frágil siempre se superpone a los ejemplares (botellas) anteriores que la han sucedido en el tiempo. El libro nos acoge a cada momento, y podemos volver a él aunque seamos distintos. La cava es, en cambio, más exigente: pide de nosotros la capacidad de recordar sensitivamente, a fin de configurar un orden que ya no esté solo en lo visible—como disposición de “fantasmas” superpuestos—pero, primero y principalmente, en la memoria.


viernes, 21 de noviembre de 2014

TIEMPO ARRIBA

Posted by Unknown On 7:37 a.m.


Mi marcador de libros (en la foto, a la derecha) me lo regalaron Cristián y Julia antes de irme de Londres, básicamente porque era lo único que, a esas alturas, cabía en mi sobrecargada maleta. Al anverso, Cris había dibujado dos haces de pequeños círculos dorados que se escapaban hacia los extremos del cartón, delineando algo así como la figura de un reloj de arena que se extendía de una a otra punta del marcador. Cuando les pregunté qué significaban las esferas, me contaron que eran burbujas de espumoso, porque claro, “a ti te encanta el espumoso” (quién lo diría). Me pregunté en ese momento por qué habrían llevado el espumoso a mis libros, creando una confluencia que pese a todas las letras vertidas en este blog todavía me parecía extraña o quizás "demasiado seca".

Con el tiempo, me pregunté otras cosas. Por ejemplo, nunca me contaron qué fue lo que motivó su decisión de dibujarlos no con forma de copa, pero de dos copas invertidas o—como me gustaba pensar—de un reloj de arena lleno de burbujas. Un reloj inusual o rebelde, considerando que las burbujas viajan no hacia el extremo en que se cierra el embudo, sino hacia afuera, “tiempo arriba” o al contrario del tiempo. Un reloj de arena burbujeado que, de existir, podría—paradójicamente—sacarnos del tiempo, situarnos “al centro de la danza”, como escribiera alguna vez Eliot.

Tener un reloj de arena en medio de un libro nos recuerda, al regresar a sus páginas, que cada vez que volvemos a él hemos envejecido. El libro es un espejo del paso del tiempo que hace que nunca volvamos a leer de la misma manera. La copa de espumoso, por otra parte, podría ser otro símbolo posible del tempus fugit, como las flores, cuya belleza dura solo mientras duren sus burbujas. Se toma espumoso  sabiendo que desde que se abre la botella se echa a andar el tiempo que acabará con él, y que hará que en unas horas su sabor y aroma se hayan perdido o transformado irremediablemente. Una copa burbujeada dura quizás aún menos que una flor.

Sin embargo, el tiempo del espumoso va al contrario al tiempo: se escapa al revés, hacia afuera del reloj implícito, haciendo de cada trago una edad plena y detenida. Como el marcador que retiene del libro la página más verdadera, cada nueva copa de burbujas (ligera y transparente, alta como un reloj o como una mujer) es una nueva juventud, de la que podremos, por suerte, no despedirnos nunca, hasta la próxima vez que se aparezca.

martes, 4 de noviembre de 2014

GENTE CHISPEZA

Posted by Unknown On 3:19 a.m.


La propaganda anaranjada de Undurraga, que hoy por hoy reza su “Sparkling People” en todas las esquinas y espacios propagandísticos de Santiago, presenta al nuevo bebedor de espumante como un tipo francamente fascinante. “Chispeante, vivaz, esa es la traducción de sparkling”, explica Álvaro Portugal en La buena vida, “pongamos en las cocteleras glamour y sofisticación y obtenemos a los sparkling people, personas estilosas que saben cómo hacer de la vida una diversión permanente”. La “sparkling people”, asegura Portugal, es gente culta, que viaja y posee un amplio bagaje gastro-etílico, que “sabe, por supuesto, cómo conseguir rápidamente los datos necesarios para la mejor diversión en cualquier parte del planeta”, “frecuentan los lugares más “in” y participan en los circuitos de fiestas más exclusivas”.

En legítima defensa de los bebedores de espumoso, que—como yo—no creemos  estar a la altura de la deseabilísima sofisticación, popularidad, tiempo libre y dinero de la “sparkling people”, me gustaría traer a colación el término notable acuñado por el (también) notable Gary Medel tras el partido de Chile frente a Holanda: la chispeza. “Da igual con quien nos toque”, dijo el Pitbull a pocos días del partido contra Brasil, “Hace bien tener miedo, porque eso nos hace tener la ‘chispeza’ de hacer bien las cosas y tener cuidado”. La chispeza, en este contexto, no es un chispear que se evapore o que se pierda en la corriente insípida de la lluvia frágil, ni una chispita útil a los propósitos del carrete con menos calorías, sino que es un rebote de luz más rústico y perceptible, un chisporrotear un poco más arriesgado que tomar espumoso en vaso o en combinado. La chispeza tiene duende, es rápida y peligrosa, pero es una chispeza de oficio, cabezona y disfrutada, exploratoria y curiosa, que se equivoca e inventa, que tiene carácter y claramente mejor sabor. La chispeza se pasea por las preguntas y alaba la dureza y talento de las cosas sutiles, tiene mejores burbujas y es más picaronzuela, porque se da en cualquier lado, no solo donde le piden estar.

En resumen, mi nunca hipócrita lector: lo invito vehementemente a hacerse amigo del espumoso y a tomar con toda chispeza. No solo con actitud chispeza—que está ahí desde antes de que alcance su copa y que da para desentrañarlo todo o correr con los huesos fracturados—sino que espumantes de chispeza, de esos que tienen esa deliciosa complejidad chispada que hace que sea verdaderamente bonito celebrar un gol.

viernes, 31 de octubre de 2014

FIN DEL DIA

Posted by Unknown On 12:07 a.m.



No todos los días acaban. El fin del día, cuando llega, se reconoce a partir del abultamiento, la confusión o la pesadez mental. La cabeza late con la mezcla de tanta cosa y pareciera perder, por sobreabundancia, toda lucidez, como ocurre para el miope que intenta desenvolverse, por un rato, sin anteojos.

Esos momentos se traducen en las ganas ineludibles de soltar la cabeza, de fijar la atención en cosas simples, de recuperar la concentración de las cosas sutiles.

No el sueño. Pero una buena conversación y una copa de vino. Un compartir o el sorbo de una copa que explota en la cabeza soltándola como a un pájaro enjaulado, vaciándola y volviéndole a decir. Porque la mente y la boca se desenredan y se llenan de las sensaciones que le permiten volver a fijar el pensamiento.


Claro que ese fin—el del día—no es nunca, ni todavía, el momento de la escritura.