
No todos los días acaban. El fin del día, cuando llega, se reconoce a partir del abultamiento, la confusión o la pesadez mental. La cabeza late con la
mezcla de tanta cosa y pareciera perder, por sobreabundancia, toda lucidez,
como ocurre para el miope que intenta desenvolverse, por un rato, sin anteojos.
Esos momentos se traducen en las ganas
ineludibles de soltar la cabeza, de fijar la atención en cosas simples, de
recuperar la concentración de las cosas sutiles.
No el sueño. Pero...