Si hubiese un borracho tan inteligente,
sensible y lúdico como Borges—y me temo que los hay, sin duda—quizá podría
haber dicho que el paraíso no es una biblioteca sino que una fantástica cava o
una gran tienda de vinos. Claro: la cava de una (al menos la mía) siempre es humilde
y reducida, pero a la tienda de vinos podemos entrar sin permiso, ensoñarnos en
la idea de nuestra propia colección ideal, si es que pudiéramos tener una tan bien
nutrida. De hecho, reconozco que con las tiendas de vino...
domingo, 25 de octubre de 2015
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