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miércoles, 19 de agosto de 2015

LAS ACTAS DEL VINO

Posted by Unknown On 6:26 a.m.



Leí hace poco "Las actas del juicio" de Ricargo Piglia, un cuento en que el argentino da otra vez rienda suelta a su obsesión por explorar los registros de lo que se ha dicho: los diarios, las cartas, la misma historia. En este caso el cuento consiste, enteramente, en actas, las actas del discurso que un asesino relata ante el juez, y por medio del cuál justifica el asesinato. Esto es, el asesinato es salvado por el acto mismo de contar, y ese contar queda constatado en el registro. Una gran mentira, por cierto. "Es por eso que estoy aquí", dice el protagonista, aunque creo que cito mintiendo, "para poder contarles". Contar una buena historia lo justifica todo: la mancha gris de entreterrianos cruzando el río a caballo, los galopes de días y los animales extenuados, el general con sus ojos chicos de sol, la sombra que pasa por los ojos de los guerreros muertos o los hombres cayendo como grandes árboles derribados por el hacha del leñador. En mi afán constante por dar vuelta las preguntas pienso que por eso estoy aquí, por eso me gusta tanto leer y buscar, estoy aquí para que las palabras y las cosas me muevan y, ojalá, me salven. 

Pero no sé por qué partí por aquí. En cambio quería comentar algo que le repetí a mis alumnos en mis momentos de menor obsesividad (que no son muchos): sí, yo conocía a algunos que despreciaban o miraban en menos a quienes no leen, o que habrían dado todo por que los demás amaran los mismos libros que ellos. Pero yo no pensaba así, yo estaba lejos de pensar que a todo el mundo podría a gustarle la literatura, de hecho, que hubieran unos pocos freaks como uno era ya bastante improbable (leer muchas veces requiere un esfuerzo, es un placer que se conquista, como las ciudades o los vinos más cerrados. Y hoy hay mucha lata de conquistar los propios placeres). En suma, no esperaba de ellos un alma de intrínseco lector y mis pretensiones de encarrilar a los descarriados no-lectores eran bastante realistas. Sin embargo, lo que sí odiaba profundamente--les decía--eran las personas "amebas". Me explico: personas a las que no las mueve absolutamente nada. Nada los apasiona. Nada les interesa. Ningún ámbito de la experiencia humana les merece ninguna pregunta. Sus mayores aspiraciones son una universidad, o una casa, o un auto. De esa gente hay harta, más de lo que uno podría creer. Gente, en suma, que es arrastrada por la vida: que no dirige su caballo, que no vive de jinete, personas para quienes la vida está planificada y tristemente trazada de antemano. No importa que a usted no le guste la literatura, decía, pero al menos tiene que gustarle algo. Que al menos haya una cosa que lo toque y que pueda salvarlo.

De estos gustos y de las historias de esos gustos a veces queda felizmente un registro, intacto para arrastrar a otros como los caballos a sus jinetes por la pampa, porque hablar de las propias batallas perdidas y ganadas es lo más contagioso que existe. El gusto se pega y también es peligroso, porque puede atraparnos y no soltarnos jamás. Por ejemplo, cuando leemos que los aqueos están acorralados en sus naves, y miran de frente en la explanada, en la mitad de la noche, las millares de fogatas troyanas espiándolos como ojos en la oscuridad. Por ejemplo, cuando, al final del día, abrimos un buen vino que nos regala su cuerpo misterioso, mientras vamos aprendiendo de a poco a decirlo. Por ejemplo, cuando un tango nos hace andar llorones como enamorados y repitiendo frases como sonámbulos o buenos mareados. Conta(r)giar ese y otros sabores es lo que debería hacernos, siempre, hablar, aunque toda buena historia sea invariablemente algo de mentira. Y es esa, indudablemente, la razón por la que hablo aquí, por la que registro eso que quiero decir y lo que otros han contado sobre este gustazo que es el vino. Aunque también haya otras razones esta es, indudablemente, la más verdadera.