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lunes, 22 de junio de 2015

LA NECESIDAD DE VER EL MAR

Posted by Javiera Lorenzini Raty On 18:32





A Paloma, Carolina y Perico

Hay libros que quedan tan grabados en la piel que uno se muere de ganas de escribir sobre ellos, aunque no tenga absolutamente nada interesante que decir. El hecho es simple: la vida de la gente es peor antes de haberse encontrado con esos libros, por lo que uno tiene la dogmática y heroica tarea de mejorar la pobre existencia de los demás diciendo algo que pueda obligar su lectura. La vida de uno se convierte, en esos momentos patéticos y encendidos, en un hilarante plan de dominación mundial, en el que uno está dispuesto a lanzarle el mamotreto por la cabeza a cualquier despistado que se cruce por su camino, aduciendo razones veladas, arteras y manipuladoras pero sin duda llenas de un venerable atruísmo.

Uno de los textos que cumplió y cumple tales características no es propiamente un libro, sino un cuento, que fue culpable de que, hace su buena cantidad de años ya, decidiera que una manera indispensable de conocer Buenos Aires fuera yéndome de bares a tomar ginebras. “¿Ginebras?” me preguntó un taxista cuando recién íbamos llegando del aeropuerto, “Pero si eso no es para chicas como ustedes, es más para hombres”. El cuento, le conté al taxista, es de Mempo Giardinelli y se llama “La necesidad de ver el mar”, y es una historia entrañable, se trata de dos compañeros de la pega que, un día, al quedar desocupados y sin ganas de volver a su casa, se acompañan a tomarse unas ginebritas por las callecitas porteñas. Decía “ginebritas” en plural porque tras el calor de los primeros cortos y las primeras historias, los colegas (que ya no eran colegas solamente sino que un poquito amigos, o filósofos o hermanos) se deciden a irse de bar en bar invitándose mutuamente ginebras de la más distinta calaña y conversando sobre la vida y el pasado, mientras les entran cada vez más las ganas de ver el mar, perdido en el fondo del vaso. Yo y la Caro y la Paloma no éramos propiamente colegas, es más, éramos amigas, pero todavía no nos contábamos una historia de amor al terminar un viaje, ninguna se había casado una ni menos tres veces, ni tampoco habíamos hecho muchas de las cosas ridículas que hemos hecho hasta ahora (aunque todavía no hemos hecho casi ninguna, porque hasta el día de hoy somos particularmente correctas). Una de las cosas increíbles de este cuento, seguía contándoles—no sé si a ellas o al taxista o después a Perico—es cómo plasma ahí lo venerable y lo querible de la forma de hablar de algunos borrachos, mezclando sin problema el registro entusiasmado y atarantado de Osiris y Carlitos, cada vez más entonados, con algunas frases para el bronce como “las costumbres deben ser pocas pero arraigadas”, o esta otra tan cierta, “el silencio es una bella forma del amor”.

Osiris y Carlitos son filósofos y son hermanos, y hay otros salús que hermanan a las personas para siempre, aunque sigan la vida, o incluso aunque no se vuelvan a ver. “Hoy vas a entrar en mi pasado” sonaba en vivo el tango Los mareados mientras sosteníamos el vaso de ginebra que llegamos a tomarnos al Boliche de Roberto, y creo que queda por ahí alguna foto que no quiero, para nada, rescatar, de las tres con Perico, el mítico a cargo de la barra. Nos faltó sólo ir al mar, nos faltó decirnos frases más armaditas y verdaderas, pero al menos, entre nosotras, el plan de dominación mundial había sido exitoso, había hecho que el cuentito ese se volviera inolvidable, otra pieza irrenunciable de lo leído y de lo vivido.





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Fotografía tomada por Carolina Pérez.